Te voy a contar mis historias antes de que se fermenten y les salgan burbujas. No me gusta que mis historias se vuelvan ácidas. Imagínate a mi, como de trece años. Una falda larga con cuadros verde bosque y azul marino. Un chaleco verde, y una camisa blanca. Todos los botones cerrados hasta arriba. Haz un zoom para atrás y ve el cuarto. Literas de madera, armarios de madera, piso de madera. Estoy de rodillas al lado de mi cama. Esa, la que tiene el osito azul de peluche. Esas son mis amigas: Lina, Martita, Edna. Ellas también están esperando a escuchar mis historias. Ya se pasó la hora de ir a dormir. Las monjas se han retirado al ala este del internado. Estamos calentando waffles de Tesco sobre los radiadores que están por la ventana. A mis amigas no les interesa mucho leer pero saben que al escuchar mis historias, es como leer con los oídos.
Recuerdo que en la primaria, en México, le contaba historias de terror a mis amigos. Durante el recreo nos sentábamos en el pasto y les contaba acerca de la mujer que había inventado que vivía en mi closet. Les contaba de cuando vi a La Llorona sentada pacientemente en los árboles cerca de casa de mi madre. “Cuando oscurece, puedes ver la tela blanca brillar cuando se mueve con las ramas.” Hice las historias tan convincentes que hasta el día de hoy, no me siento cómoda estando dentro de closets.
El contar cuentos corre en mi familia. Cuando mi madre era niña, ella solía inventar obras de teatro y las presentaba con sus dos hermanas. Ella escribía el programa y hacía los tickets de entrada, ella solita. Un ticket por adulto, nada de traer un “más uno.” Ella también contaba historias de terror. Su favorita, me dijo, era la historia que inventó acerca de un anciano que murió en su casa antes de que se mudaran. Así van ese tipo de historias. Ella le contaba a sus amigas que un anciano venía en las noches a hacerle el signo de la cruz en la frente mientras ella pretendía estar dormida en su cama. Aún recuerdo el dedo índice medio gris y largo con una uña azul. En este punto de la historia, ella se movía el fleco para enseñarles la marca que el anciano le había hecho. Sus amigas quedaban petrificadas.
Mi madre sonreía sabiendo que su cicatriz se la hizo cuando se cayó de su sillita de bebé cuando era muy chiquita. Mi abuelita estaba espantada porque le salió sangre pero el doctor dijo que iba a estar bien, y así pasó. Nadie sabía que mi madre tomaría licencia poética sobre su cicatriz y que contaría la historia un poco diferente. Regresemos a ese cuarto en Irlanda.
En las noches, cuando las monjas se iban a dormir, mis amigas y yo traíamos algo de comer y yo les contaba acerca de la familia que vivía en el jardín. Eran muy pequeños. Los cinco de ellos. Eran educados y tímidos. Les contaba de la madre que siempre tenía un especie de pan en un pañuelo de tela blanco. Le gustaba mucho bordar. “Me ha ofrecido el pan, más de una vez,” les contaba en voz baja. “Pero cada vez que he estado a punto de agarrarlo, pasa una monja caminando y se van.” Sabíamos que nuestras monjas no eran las criaturas más lindas. Era entendible que la familia que vivía en el jardín también quisiera evitarlas. Les contaba de las migajas que encontraba en mis zapatos o en las bolsas de mi bata de baño. Claramente una señal de que la madre había intentado darme el pedazo de pan.
Les contaba acerca de dónde terminaban los arreglos florales después de nuestra misa diaria. “Los llevan a la cocina y los trituran y los trituran hasta que no queda más que polvo de flores. Eso es lo que las monjas toman como té.” No había explicación más clara al porqué nosotras no teníamos permitido tomar de su té. “Las flores las ponen en agua bendita y para el tiempo que se termina la misa, están llenas de agua bendita y las monjas la absorben. Por eso cantan tan bien.” Ya vienen las monjas. Nos escucharon. Mañana te cuento más historias.


Leave a comment