Cuando tenía nueve años, una niña llamada Ro me robó mi voz con la ayuda de mi maestra de segundo de primaria. Tenemos que viajar al pasado para entender por qué querían mi voz. El problema con mis pulmones empezó desde temprano. Pasé casi todos mis años de bebé en mi cama enferma de gripa o con una infección de oído. En esos tiempos me emocionaba abrir cajas decoradas con listones y papel bonito, que tenían sets de pijamas, con su correspondiente bata, pantuflas y calcetines gruesos en navidad. Desafortunadamente, mis cajones tenían más pijamas, suéteres y ropa térmica que ropa normal, de “gente sana” como vestidos, blusas de manga corta y ropa de ejercicio. Pasé semanas enteras en cama. Recuerdo un estante lleno de libros y que me leían muchos cuentos seguidos. Recuerdo pasar tiempo en la tina en agua caliente con unas gotas de un aceite que venía en botellas de vidrio oscuro, supuestamente para ayudarme a respirar mejor. El aceite se veía y olía a salsa Maggi. Convertía el agua en la tina en una taza gigante de té negro, conmigo flotando como galleta a punto de desintegrarse.
Recuerdo ver Las Pistas de Blue en las mañanas cuando niños de mi edad se deberían de estar alistando para la escuela. Una de mis películas favoritas era una versión de caricatura medio triste del Patito Feo. A mi madre no le gustaba verla conmigo porque yo siempre lloraba al final. Mi caricatura favorita se trataba de un conejo callado y su amigo ardilla. La caricatura se enfoca en su vida como padre soltero de su bebé ardilla. Conejo Bebé y Conejo Callado se pasaban casi todo el tiempo en la cocina. Ardilla los visitaba muy seguido. Nadie hablaba en la caricatura, pero todos se entendían. Me preguntaba si Conejo Bebé hablaba fuera de su casa, o si Ardilla tenía otros amigos con quien tenía fiestas ruidosas, o si Ardilla cantaba en fiestas de cumpleaños. El Conejo Callado me gustaba porque su silencio me recordaba a mi casa cuando mis papás se iban a trabajar y yo me quedaba sola con Flor. He intentado muchas veces encontrar el nombre de esta caricatura, pero no la he encontrado. Le he contado de ella a muchas personas, pero nadie parece haberla visto. Aún estoy buscando a alguien que la haya visto también. ¿La has visto?
Siempre había algo que hacer en casa. Me gustaba ir a la cocina a comer Choco Krispis en un tazón gris que supuestamente era indestructible. Me gustaba esa palabra porque las sílabas se sentían puntiagudas en mi lengua como un tren en marcha. La longitud de la palabra te hacía sentir que llegarías a tu destino cuando terminaras de pronunciarla. Cuando nadie miraba, probaba la in-des-truc-ti-bi-li-dad del bowl contra el piso de la cocina. Nunca se rompió. Me gustaba usar calcetines gordos para deslizarme por el piso de mármol por la entrada de la casa. Me gustaba recrear la escena donde el patito feo es encontrado por una niña de mi edad cuando está patinando en un lago congelado en el bosque. En casa yo no tenía un lago ni un bosque, pero decidí practicar mis habilidades de patinaje en calcetines por si acaso, algún día, había un patito feo que necesitará ser rescatado. También tenía una colección de piedras que encontraba en el jardín. Guardaba mis piedras en una bolsa blanca de plástico y la tenía que esconder seguido porque sospechaba que alguien más las encontrara, no viera su gran valor, pensara que fueran piedras cualquiera y las regresara al jardín. Ahora que lo pienso, mi colección estaba llena de piedras cualquiera.
Ésta fue la época cuando mi padre compró el famoso Manual de Proyectos Para Niños, como lo has visto en televisión. Una tarde mi padre y yo estábamos viendo Tom y Jerry cuando apareció un comercial que anunciaba un manual con cientos de experimentos y proyectos para niños. El comercial tenía a dos niños haciendo su propio bálsamo para labios. Había colores brillantes, explosiones de brillantina y la risa de niños en el fondo mientras la voz de un adulto daba una lista de todos los proyectos que los niños habían aprendido a hacer con sus propias manos. Después la escena rápidamente cambió a los mismos niños agarrando “piedras del tesoro.” Cuando los niños partían la piedra a la mitad con sus manos, habían cosas que brillaban de color morado adentro. Apreté mis manos en forma de puños. Incluso como adulto, aún hago esto cuando algo me emociona. Nunca había visto piedras así. Serían perfectas para mi colección. Antes de que el número telefónico apareciera en la pantalla, mi padre ya tenía el teléfono en la mano. “Esto es perfecto para ella. Se la pasa mucho tiempo sola. No se va a aburrir con tantas cosas que hacer, “ le dijo mi padre a mi madre cuando ella regresó del trabajo. “Pero, ¿por qué compraste dos? Sólo necesita uno,” fue todo lo que dijo mi madre. Mi padre dijo que si tenía que pasar por todo el lío de llamar y pedir un manual, mejor, de una vez comprar dos.
No recuerdo cuánto tiempo tardó en llegar el paquete, pero cuando llegó, yo seguía enferma y ansiosa por hacer las “piedras del tesoro.” Flor abrió el paquete, sacó el manual de la caja y leyó las instrucciones. Recuerdo que el ingrediente principal era café instantáneo. Lo que siguió fue un proceso largo y desastroso. Tenía que pensar que esconder en medio de mi piedra, y las piedras en mi colección eran demasiado grandes, así que decidimos poner una de mis Polly Pockets con algunos de sus accesorios. Estilo faraón egipcio, me dijeron. Dejamos que la “piedra del tesoro” se secara en la mesa de la cocina. Al otro día, estaba muy contenta de enseñarle a mi madre nuestra creación. Se la traje a su cuarto y la puse encima de su tocador. Mi madre se estaba poniendo sus aretes. Enterré mis pulgares en la piedra suave y lentamente la partí como lo habían hecho los niños del comercial. La “piedra del tesoro” se sentía como pan hecho de arena, suave y desmoronable al mismo tiempo. Le enseñé el tesoro a mi madre con una sonrisa. “Mira,” le dije, claramente feliz, pero mi voz no lo permitía. Cuando hablé por primera vez, el sonido salió bajo y rasposo. Mi familia no dijo mucho cuando dije mis primeras frases con la misma voz cansada. Todos supusieron que simplemente tenía una voz ronca. Imagínate a mí de cinco años, con fleco, usando un pijama con figuras de dinosaurio, hablando con una voz de una viejita fumadora. Mira. Mi madre no estaba sorprendida. “¿Nada más?” me dijo, por el reflejo del espejo. No entendía porqué mi madre no estaba apretando los puños de emoción. Claramente era una maravilla que había hecho con mis propias manos bajo la tutela de Flor.
Las siguientes semanas, Flor y yo buscamos un proyecto digno de las expectativas de mi madre. Escogimos el bálsamo para labios que se guardaba en botecitos vacíos de rollo para fotos de Kodak. El bálsamo olía raro, y cuando comía Choco Krispis, siempre se quedaban pedacitos pegados a mis labios. Mi madre no lo quiso probar. Le mandé dos tubitos a mi abuelita. El manual vivió con nosotros menos de un mes. Una vez que mis padres se dieron cuenta de que el manual convertía su cocina en un laboratorio desastroso y que mis creaciones, de las que yo estaba tan orgullosa, no servían para nada, el manual desapareció. “Pero habían dos. Aún tenemos el de reserva.” Me dio alivio que mi padre hubiera comprado dos manuales. Recuerdo pedirle a Flor que me ayudara a encontrar el otro manual, pero me dijo que a veces las cosas simplemente desaparecen. Le creí y dejé de buscarlo. Al otro día seguí expandiendo mi colección de piedras, que ahora olía a café rancio por los pedazos de “piedra del tesoro” que estaban en el fondo de la bolsa de plástico. Seguí practicando mi patinaje en calcetines; quería poder hacer piruetas.
Mientras estaba enferma y mis amigos estaban en la escuela, ellos visitaron una fábrica de chicles, una fábrica de almohadas y una vez al año iban al zoológico de la ciudad. Yo visitaba las oficinas de doctores como si fueran mis excursiones escolares. El doctor que veía más seguido tenía su oficina en un edificio muy alto. Mi misión era sencilla: apretar todos los botones del elevador antes de que alguien pudiera pararme. De arriba hacia abajo, rápido. Mi madre siempre le pedía perdón a las personas que estaban en el elevador con nosotras mientras yo le tomaba la mano, sonriendo.
Los doctores me hacían exhalar fuerte, “con toda tu fuerza,” en una máquina que ronroneaba como gato. La máquina mostraba mi consumo de aire en líneas de zigzag rojas. No entendía cómo la máquina no se expandía como un globo con todo el aire que le había echado. Seguramente la máquina no funcionaba bien. Después, me sentía muy cansada. El doctor le decía algo a mi madre, le daba una nueva prescripción y yo regresaba en una semana. Después de cada cita, mi madre me llevaba a la farmacia, donde podía escoger el sabor de la semana de mis pastillas Vick para la tos. No me gustaban las de cereza, pero me gustaba el color rojo que dejaba en mis labios. Me hacía sentir grande, como mi madre y su labial rojo.
En algún punto, falté a tantas clases que la escuela mandó una carta diciendo que si faltaba tres días más, tendría que repetir el año. Mi madre no iba a dejar que esto pasara. Nos estamos acercando a la escena del crimen. No recuerdo mucho acerca de segundo de primaria, en parte porque falté la mayoría del tiempo, pero recuerdo a Ilia Mortega. Un día durante el recreo, abrí mi Tupperware de Hello Kitty y encontré fresas. Me las estaba comiendo cuando Ilia me preguntó si podía agarrar una. “Las fresas son mis favoritas,” dijo, mientas mordía una. Le dije que las fresas eran mis favoritas también. Nos volvimos amigas en ése momento.
Ilia era más alta que yo, flaca, pálida y tenia cabello ondulado negro. Lo más importante era que cuando la conocí, ella también estaba enferma. Ilia tenía un paquete de pastillas Vick para la tos sabor naranja en su mochila de GAP. Ese día le entregamos nuestras “notas de enferma” a nuestro maestro de educación física y nos sentamos en el gimnasio en silencio porque nos ardía la garganta, mientras nuestros compañeros jugaban fútbol. Después nos sentamos en clase juntas. Nunca lo planeamos, ni nos preguntamos si nos queríamos sentar juntas, pero como Conejo Callado, Ardilla y Conejo Bebé, nos entendíamos.
El fin de semana antes de regresar al colegio, un doctor me dio una cosa redonda de plástico. Parecía un disco volador en miniatura, gordo. Me enseñó como abrirlo. Me dijo que si en algún momento sentía que no podía respirar bien, que lo abriera, pusiera mi boca en los hoyitos que estaban a la derecha y que inhalara por diez segundos. “Contén la respiración por cinco segundos,” el doctor guardó su respiración, “y después exhalas.” Practiqué esta técnica hasta que él estuvo contento con el resultado. En casa, saqué mi caja de cartón donde tenía todas mis estampas. Escogí una estampa de Tiger usando una bufanda verde y la puse en medio de mi disco volador gordo. Ya quería que llegara el momento de usarlo.
En lunes por la mañana me desperté y me alisté para ir a la escuela como todos los otros niños en el mundo. Me sentía importante. Era diciembre y había frío, Flor me envolvió en capas de ropa mientras me comía un waffle. Me preguntaba si Ilia todavía estaría enferma como yo. Estaba feliz de regresar a la escuela. No había visto a gente de mi estatura en mucho tiempo. En clase de español Ilia, que ya no estaba enferma, me dijo que estábamos practicando para la ceremonia de navidad después del recreo. Me dijo que todos teníamos una parte en el programa. Me preocupó pensar que yo no lo haría bien. Después del recreo, nuestra maestra nos llevó al auditorio, donde todos los alumnos de segundo grado estaban sentados en los asientos. Uno por uno, cada grupo practicó su programa. No recuerdo exactamente que hizo cada grupo, pero siempre cantaban. Después llegó nuestro turno. Seguí a mis compañeros al escenario y traté de copiar lo que hacían.
Nos paramos formando un círculo. Yo me quedé al lado de Ilia. Nuestra maestra nos explicó que hacer. Nos quedamos parados en el circulo mientras Ro, una niña bonita con pecas y cabello lacio de la Ciudad de Mexico, caminaba y nos preguntaba uno a uno, “¿Qué es la navidad para ti?” No sabía qué responder. Mis manos estaban sudando. No estaba lista para este tipo de preguntas. Finalmente, nuestra maestra nos dijo que ensayaríamos todo una vez y le dijo a Ro que tomara su lugar en medio del círculo. Ro se veía muy profesional agarrando un micrófono, pero mi disco volador era más padre.
Ro le preguntó a Harold primero, y el dijo que para él la navidad era visitar a sus abuelitos en Dallas. Aura dijo que navidad era tomar ponche y comer buñuelos. No sabía que decir y Ro se estaba acercando a Ilia. Para cuando Ilia había contestado, mi cerebro se congeló. “Navidad para mí es tener pijamas nuevas,” dije lo más claro posible en el micrófono, pero nadie me había entendido. Repetí mi respuesta y tosí. Mi maestra vino y me pidió que lo volviera a decir, y lo hice. “Muy, muy bien.” Me preguntó si me podía quedar después del ensayo un ratito. Le dije que sí porque realmente no era una pregunta. Mis compañeros regresaron a clase con una maestra substituta. Yo me quedé con nuestra maestra. Me dijo que repitiera la frase, “¿qué significa la navidad para ti?” en el micrófono. Repetí la pregunta cuatro o cinco veces hasta que la maestra me dijo que me podia ir.
El día de la ceremonia de navidad, mis padres estaban sentados en el auditorio esperando ansiosamente el programa de mi grupo. Cuando nos subimos al escenario, busque a mis padres en el público pero no pude ver nada porque todo estaba oscuro. Ro tenía puesta una diadema rosa y tenía unos zapatos que brillaban. Yo estaba al lado de Ilia con mi disco volar gordo en mi bolsillo. Cuando Ro empezó a hablar, escuché mi voz. Ro caminó por el círculo, cuidadosa de no pisar el cable del micrófono. Al lado de Ilia, escuché a mi voz preguntarle a mis compañeros que era la navidad para ellos, uno a uno, en el cuerpo de Ro. Después de que Ilia contestara, Ro me saltó y le preguntó a Eric, que estaba después de mí, la misma pregunta con mi voz. No sabía qué hacer. Ilia me miro y movió la cabeza de lado a lado. Yo la mire y empece a llorar. El público aplaudió cuando Ro completó el círculo, y regresamos a nuestros asientos. Desde mi lugar podía ver la cabeza de Ro, dos fIlas adelante de mi.
En el coche, mi padre estaba enojado de que hubieran grabado mi voz sin su permiso. Mi madre se estaba riendo, “tiene una voz ronca. No es común en alguien de su edad. A la maestra le gustó, a todos les gustó.” Yo estaba en el asiento de atrás llorando. Era tan injusto que alguien me robara la voz como en La Sirenita. “Me saltó. No pude dar mi respuesta,” dije entre lagrimas. Mi madre se volteó desde el asiento de adelante, “¿qué es la navidad para ti?” me hizo sonreír. En la navidad con mi familia, decidí retomar mi voz. Mis abuelitos, primos, tíos y tías estaban sentados en la sala cuando los intercepté. “¿Qué es la navidad para ti?” le pregunté a mis padres, sosteniendo mi disco volador gordo como micrófono. Le pregunté a todos, uno por uno, con mi voz ronca.
Me encantaría poder decir que aún tengo una voz de abuelita de cien años, pero en tercero de primaria dejé de estar enferma. Mi madre dice que de un día para otro, hablé con una voz diferente. No era ronca sino aguda. Resulta que todos pensaron que yo tenía una voz ronca desde que nací, cuando de hecho, la voz ronca era porque estaba enferma desde siempre. Una vez que dejé de estar enferma, mi voz real salió a la luz. Sentada aquí en un café, mas de veinte años después, aún extraño a mi voz ronca. Me pregunto si la razón por la cual Conejo Callado no habla, es porque a él también le robaron su voz.


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