Estoy caminando en una ciudad que no es mi hogar. Una ciudad que no puedo llamar mía. La gente alrededor de mi habla un idioma que no entiendo. No se supone que mi historia terminaría así. Después de tres meses de vivir aquí, sé en que esquinas doblar a la izquierda y en cuales seguir caminando recto. No se cómo se llaman las calles, pero las conozco por las florerías y los cafés que se acurrucan entre ellas. Se siente como cuando no puedes recordar el apellido de un amigo, pero la conversación y la compañía son reales. Berna y yo nos entendemos así.
Hace poco te rompieron el corazón en Lucerna. Estás sentada en la banca larga del comedor, con tu espalda contra la pared. Él está sentado en frente de ti en una silla negra. “Cuando te veo, no siento nada,” te dice en un tono monótono. Ramas secas se agarran de tus costillas. Las ramas tiran y tiran hasta que te duele. Te quedas ahí mirándolo. No se mueve. Tu visión se nubla con lágrimas. Él no toma tu mano. Sus ojos se ven opacos. Te acuerdas del tiempo breve en el que tuviste un padre. Una vez te dijo que cuando compres pescado, te debes fijar que esté fresco. “Mira los ojos. Si no brillan, no lo compres.”
Te acuerdas de la noche en la cima del Rigi cuando dijo que en éste momento exacto, hay un portal, una puerta abierta hacia una nueva vida. Dijo que quería empezar esa vida contigo. Estabas tan feliz. Ésta persona sentada enfrente de ti, con los ojos de pescado muerto, es un extraño. Todo dentro de ti se siente desconectado. Todo empieza a temblar. Los ladrillos que sostenían tu identidad, se caen en un estruendo. Todo lo que eres se encoge. No te habías sentido así de pequeña en años. No puedes respirar porque todo el amor que él te dio en los últimos cuatro años, te lo quitó con unas palabras. La soledad empuja tus pulmones. Nunca volverás a escuchar que él te ama. Las ramas se rompen. ¿Cuándo fue la última vez que te amó? Él se levanta y te deja ahí. Un nido de palos y ladrillos rotos.
Sentada ahí, cierras los ojos y ves una puerta por primera vez. Como el portal que cruzaste con él en diciembre. Esperas que esta puerta te lleve a algún lugar donde el dolor no sea tan fuerte. La puerta es de madera roja. La perilla es dorada. La abres y te encuentras en la cocina de tu abuelita. Ella te está sonriendo cerca del lavabo. Has de tener siete años. Sientes el piso negro y frío en tus piecitos. Mueves tus dedos tratando de quedarte en este espacio por más tiempo. Ella te quiere. Abres los ojos. Estás atrapada en una vida que nunca te imaginaste. Ves las vigas de madera del techo. ¿Cómo terminaste aquí, en un país que no es el tuyo, sin amor?
El corazón es un hueso que se rompe. Estos últimos dos años se han sentido ásperos como papel de lija en tu lengua. Has logrado limar las memorias de sus ojos grandes, de sus manos, de cómo sonaba su voz en el teléfono. Con el tiempo, a las memorias que tenías de él, se les acabó el filo y el dolor dejó de cortar tanto. Lloraste mientras comprabas comida en Migros. Apagaste tu cámara en clase para que tus compañeros no te vieran llorar. Si la tristeza dejara marcas físicas en tu cuerpo, todos podrían ver moretones oscuros en tu quijada, tu espalda, tus piernas. La marea que cargaba los años que estuvieron juntos te tragaba en momentos inesperados. Una lista corta de las cosas que viste flotar en el agua:
- El Mala que él te regaló en Pune.
- Los Pretzels con semillas de calabaza que él te solía comprar.
- Su salsa de tomate secreta en frascos de vidrio.
- El incienso que usaban para meditar juntos.
Le pediste que te prometiera que nunca te trataría de contactar. Él fue fiel a su promesa y el portal entre tu mundo y su mundo se desconectó. Si llamaras al portal, escucharías al buzón de voz. No te recomiendo que dejes un mensaje. Los primeros meses que te despertaste sin él al lado de ti, media dormida, automáticamente tratabas de no moverte muy rápido para no despertarlo. Su espacio físico se quedó incluso cuando él ya no estaba. No sabías que el síndrome del miembro fantasma podía experimentarse con un cuerpo ajeno al tuyo. Durante meses te movías por tu vida, arrastrando su presencia desinflada como un globo triste.
Lentamente las memorias dejaron de acuchillarte. Usaste el papel de lija de tu lengua para suavizar las olas. Te perdiste. Esta soy yo recordándote que sigas nadando, que contengas la respiración cuando una ola de tristeza amenaza con llevarte al fondo. Tu abres puertas en tu mente a los lugares donde fuiste feliz para recordarte de quien eres. Para recordarte que no estás sola, que eres mexicana. Que llevas a todos tus ancestros y su fuerza dentro de ti.
Cierras los ojos. La puerta de vidrio se desliza en México. Prescolar. Tu quieres seguir jugando con tu abuelita. Te rehúsas a entrar al edificio. Ella te empuja en los columpios. Más alto. Más alto. Más alto. Otro puerta te lleva a Chiapas. Abres la puerta del coche. Ha dejado de llover. Tus tíos sacuden los árboles de limones y peras, para que puedas tener más lluvia. Aún no sabes que nunca la volverás a ver. Gotas rebotan de tus zapatos negros de charol. Aprendiste a comprar el super para ti solita. Aprendiste que en Reinhard puedes comprar media pieza de pan. Perdiste al amor de tu vida. Te sientes al descubierto, como si las palabras SIN AMOR estuvieran escritas en tu frente. Sigues abriendo puertas.
Kindergarten. No has ido a clase otra vez. Abres la puerta verde del salón de Miss Lili. Tus amigos se levantan de sus mesitas y corren a abrazarte. Tú los abrazas a todos en una maraña de brazos. Abres los ojos y recuerdas a tus amigos aquí en Suiza. Ellos le han dado CPR a tu corazón hecho bolita y le lanzan confeti. Dejas de escribir su apellido al lado de tu nombre.
Los pisos de madera huelen a naranja. Es un hotel pequeño en Dublín y te sientes en casa. La lluvia toca el techo de cristal. Tienes doce años. En este tiempo usabas esas sudaderas gruesas en colores brillantes y esos guantes de estambre. Tu madre regresa a México. Tú te quedas en el internado. Abres la puerta roja, redonda, cubierta de hiedra. Estas sentada con tus amigas en la cena comiendo pay Banoffee. Las monjas caminan entre las mesas. Recuerda cómo era dormir en la litera de arriba. Tus pies estaban fríos. Adelanta la escena a cuando tenías diecisiete años. Ahora vives en Florida. Recuerda las ramas largas de los árboles que casi tocaban el pasto. La luz color rosa que entraba por la ventana de tu cuarto. El olor del bloqueador solar. Gatorade azul. Jugar tenis. Abres otra puerta. Estás en la universidad. Estás esperando afuera de su oficina en el departamento de literatura. Él dice que Eloise y tú pueden entrar. Le prometes que seguirás escribiendo. No te atrevas a mentir ahora.
Abres los ojos y sientes que los ladrillos dentro de ti se están acomodando. Respiras y te das cuenta de que no has llorado en más de dos semanas. Empiezas a recordar lo que se siente sonreír. Ahora sabes que los amigos tienen superpoderes. Tu corazón aun se ve como un dátil arrugado, muchos de sus pedazos rotos están tiesos al lado de él. Has decidido poner estos pedazos que sobran en una bolsa de papel, para que puedan respirar aire fresco. Has regresado a la universidad y has empezado a jugar tenis otra vez. Sigues abriendo puertas para recordar quien eres. Cierras los ojos. Te bajas del tuk-tuk. Hay ruido en todas partes. Pétalos naranjas, hay mujeres con flores blancas en la cabeza. Huele a humo, hierbas y algo ácido. Caminas descalza. Sonríes a los pájaros que están en los árboles. Hay incienso en charolas de metal. Hay gente caminando por todos lados. Hay gente que te queda viendo. Hay gente asintiendo con la cabeza de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Sigues caminando. Incluso ahora sabes que vas a regresar. Dejas tus Birkenstocks en la entrada de la puerta. Te lavas las manos y te sientas en el piso al lado de un hombre que aún no sabes, te romperá el corazón. Una mujer está cocinando algo en la estufa. Ella te sirve la comida en un plato y te la comes. Ella te trae más comida y te la comes. Chutney de coco. Una salsa picante en un botecito de metal en medio de la mesa. Regresas a este lugar mañana y mañana y el día que sigue. Abres las ventanas que dan a la jungla balinesa. Te sientes mayor a los veintidós años que has vivido en este planeta. Te sientes como la lluvia, como madera, en paz. Te mueves lentamente, esperando que el tiempo se mueva lentamente contigo. Pisas el pasto. Ese tipo de pasto delicado que se te antoja comerte con crotones de ajo y una vinagreta ligera.
Abro los ojos. ¿Cómo terminé en Berna con una bolsa de papel llena de amor? Nunca pensé que podrías estar emocionalmente destrozada y aún así, ser feliz al mismo tiempo. Escucho las perillas girar. Todos los lugares en los que he sido feliz se abren de repente. Cierro los ojos rápidamente. Una ráfaga de viento hace que las imágenes que tengo de las personas que quiero, bailen en mi mente. La playa de Saint Pete con Abel. La sala en casa de mi abuelito con mi familia. La cocina de mi madre haciendo molotes con Flor. Jugando a la casita con mis primos en navidad. Puerta trás puerta, trás puerta. Puedo oír la voz de mi madre contando una historia. Puedo ver a mi abuelito en su escritorio con un guante negro en su mano izquierda. La única mano que se le pone fría. Veo a una mujer. Se parece a mi. Puertas giratorias se abren de manera continua como un rehilete. Respiro y abro los ojos. Tomo la bolsa de papel que tengo en la mano, la abro, y veo que está vacía. Sonrío, miro hacia arriba y pienso en mi abuelita. Me han dicho que tengo su sonrisa. Sigo caminando, trayendo todos esos espacios mentales conmigo, como un mundo en miniatura dentro de mi. Con treinta años, estoy empezando a recordar quien soy. Doblo a la derecha en Schanzenstrasse.


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