Querida señora del asiento --G, Estoy escribiendo esta carta desde Berna con mi perro acurrucado al lado de mi. Sin ti, esto no hubiera sido posible. He volado con mi perro desde Miami a Dallas y de ahí a Puebla; pero nunca lo había llevado en un vuelo de diez horas. No pude haber pedido una mejor aliada. Cuando llamaron a mi grupo de vuelo, Kai y yo entramos al avión y encontramos nuestro asiento al lado de ti. Habían más pasajeros de los que me esperaba, y la transportadora de Kai se volvió más incómoda para el conforme pasaban los minutos. Me llegó el miedo. Mi pobre perro atrapado en un cubo de tela repelente al agua y malla respirable. Saqué mi teléfono y le escribí a mi madre que por favor se quedara en la puerta para abordar del aeropuerto porque nos íbamos a bajar del avión. No lo leyó. Le escribí a mi tía--contestó en seguida. Cálmate. Seguro está respirando bien. Se va a dormir pronto. No te bajes. Todo a estar bien. Sentí ese nudo horrible en mi garganta, pero quería ser una madre fuerte y me senté en silencio con ansiedad. Una vez que el avión despegó, una azafata dijo que si estaba bien contigo, que podía sacar a Kai de su transportadora. No recuerdo si te pregunté pero te miré y sonreíste. Dijiste que estaba perfectamente bien para ti. Abracé a Kai en mi pecho todo el camino a Madrid. Él se durmió todo el vuelo, como mi tía había profetizado. Recuerdo que dijiste que vivías entre Chile y Madrid, usabas un par de calcetines esponjosos que se veían cómodos, y que también pediste la opción vegetariana, como you. En algun momento, la cabeza de Kai estaba muy cerca de tu hombro, antes de que tuviera tiempo de disculparme, tú estrechaste tu mano para acariciarlo. Me arrepiento de no haberte pedido tú teléfono porque me dió pena. Quería mandarte una carta de gracias apropiada. Pienso en ti cuando llevo a Kai a una caminata especialmente bonita; o cuando estoy cocinando y él está ahí espiándome desde la esquina de su sillón; o cuando regreso a casa cubierta de copos de nieve y él está ahí parado en dos patas para que lo cargue; o cuando mis amigos vienen a comer brunch y él se sienta con nosotros para escuchar nuestras historias; o cuando tuve COVID en enero y el se durmió conmigo día tras día; o cada vez que extraño a mi familia y él está ahí con sus ojos grandes y cafés mirándome. Sin tu paciencia y bondad, no podría tener a mi mejor amigo conmigo. Nos bajamos del avión juntas, pero--tú sabes qué le hacen los aeropuertos a las personas--a todos les entra un pánico por encontrar su puerta de embarque o la salida a tiempo. Tú estabas a mi lado en un momento con tu maleta color vino y de repente; tú ya no estabas. Dondesea que estés, muchas gracias, La mujer con su perro que conociste en la Ciudad de México Asiento --F


Leave a comment