Jitomates en tu Boca

Probablemente no te acuerdas de esto, pero pasaba cada domingo entre 10 y 10:30 am. Más o menos. En ese tiempo, aún podía distinguirte en un grupo de hombres y orgullosamente llamarte mi padre.Los domingos, iba a tu cuarto, te despertaba, y te decía que ya era tiempo. Te seguía a la cocina, tu Nokia pegado a tu oreja derecha. No recuerdo que me miraras o que me dijeras buenos días. Tú abrías el refri con tu mano izquierda y agarrabas tres huevos. Después ibas a la barra de la cocina y escogías un jitomate grande y oloriento de la canasta de fruta. Yo me sentaba a la mesa viéndote cocinar un omelet demasiado grande para una hija de cinco años. 

Esto es lo que recuerdo del poco tiempo cuando tuve un padre: tu espalda grande en una bata azul de terciopelo. Tú solías agregar sal al sartén de huevos mientras hablabas con alguien que no era yo. Cuando la sartén dejaba de hacer ruido, tú solías poner los huevos en un plato y me señalabas con la espátula negra de Tefal para que fuera a recogerlos. Yo miraba la hora en el microondas y comía lo más lento posible para mantenerte ahí conmigo. Entre mis mordidas, tú solías cubrir tu teléfono y articulabas necesito ir al trabajo. Trabajo—¿cómo iba a saber?—era una mujer. Yo pretendía que me gustaba lo que cocinabas mientras notaba que te estabas quedando calvo. Tu solías mirar la mesa como si te diera pena verme comer. Recuerdo lo pegajoso amarillo del huevo y la delgada, correosa cáscara de jitomate en mi boca. Seguramente tú ni siquiera te acuerdas que nunca me han gustado los jitomates, ¿ verdad? 


Leave a comment